Qué está pasando entre Estados Unidos-Israel e Irán y por qué nos tiene que importar

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Un hombre inspecciona los daños a autos y un edificio de apartamentos alcanzado por un misil iraní en Ramat Gan, Israel, el lunes 6 de abril de 2026. (AP Foto/Oded Balilty)
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Mg. Cristian Guglielminotti.
Docente del Departamento de Relaciones Internacionales de la FCH.
Investigador de la planta estable del CEIPIL

Dra. Nevia Vera.
Docente del Departamento de Relaciones Internacionales de la FCH.
Investigadora de la planta estable del CEIPIL

 

El actual conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, que se desarrolla desde fines de febrero, ha llevado la histórica rivalidad entre estos países a un nivel de tensión crítica, con proyección global. Para comprender sus causas y posibles alcances, es fundamental considerar tanto sus antecedentes históricos como los elementos contemporáneos que lo configuran.

La rivalidad entre Occidente -encabezado por Estados Unidos- e Irán tiene raíces profundas. Desde el siglo XIX, Irán ha sido objeto de presiones coloniales y, durante la primera mitad del siglo XX, sufrió la apropiación de gran parte de las ganancias derivadas de su petróleo, así como la imposición de autoridades afines a potencias occidentales. El intento de Mohammad Mossadegh de recuperar el control de los recursos petroleros en 1951 fue frustrado por el golpe de Estado de 1953, impulsado por agencias de inteligencia de Estados Unidos y el Reino Unido. Estas potencias respaldaron posteriormente el gobierno autoritario de Mohammad Reza Pahlavi, quien permaneció en el poder hasta 1979 cuando fue derrocado por una revolución que instauró la República Islámica.

Desde entonces, Irán ha sido acusado por Occidente de oprimir a las mujeres y coartar las libertades civiles, fomentar el terrorismo internacional y buscar la desaparición de Israel, recibiendo en consecuencia, sucesivas sanciones políticas y económicas. En la actualidad, la principal preocupación declarada de Estados Unidos e Israel se centra en el posible desarrollo de armas nucleares a partir del programa nuclear iraní, paradójicamente iniciado a mediados del siglo XX con la cooperación estadounidense. Ambos países han advertido sobre el riesgo de una eventual “bomba nuclear iraní”, en función de la supuesta posesión de aproximadamente 400 kilogramos de uranio enriquecido en niveles potencialmente aptos para uso militar. No obstante, cabe señalar que Israel posee alrededor de 90 ojivas nucleares no declaradas y no forma parte del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, a diferencia de Irán, que sí lo integra.

El conflicto en torno al programa nuclear iraní pareció encaminarse hacia una resolución en 2015 con la firma del Plan de Acción Integral Conjunto entre Irán, Estados Unidos, China, Francia, el Reino Unido, Rusia, Alemania y la Unión Europea. Este acuerdo limitaba el enriquecimiento de uranio y establecía mecanismos de supervisión para garantizar el carácter pacífico del programa, a cambio del levantamiento parcial de sanciones económicas. Sin embargo, en 2018, durante la primera presidencia de Donald Trump, Estados Unidos se retiró unilateralmente del acuerdo.

La ausencia de un nuevo marco regulatorio y la persistencia de sospechas sobre la capacidad nuclear iraní han sido utilizadas como justificación por parte de Estados Unidos e Israel para llevar a cabo acciones militares ilegales, como los ataques de junio de 2025 y febrero de este año.

Los bombardeos aéreos conjuntos de la operación Furia Épica del pasado 28 de febrero, provocaron la muerte de altos dirigentes del país – es el caso de Ali Khamenei, máxima autoridad política y religiosa de Irán-, además de numerosas víctimas civiles, como las más de 160 niñas asesinadas por bombas que impactaron en su escuela. En respuesta, Irán ha lanzado ataques con misiles y drones contra Israel y contra bases militares estadounidenses e infraestructura energética en la región, impactando en Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Arabia Saudita, países que han servido como plataforma para operaciones militares en su contra.

Asimismo, Irán respondió cerrando el estrecho de Ormuz a embarcaciones provenientes de Estados Unidos, Israel y sus aliados. Este paso marítimo es estratégico, ya que por él transita aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado a nivel mundial y un tercio de los fertilizantes necesarios para la agricultura. Tras sucesivos  ultimátum de Estados Unidos -en el que el presidente amenazó con “desaparecer una civilización en una noche”- se logró establecer un frágil alto el fuego, que incluía la reapertura del estrecho por parte de Irán. Sin embargo, la tregua fue vulnerada por Israel mediante ataques a zonas civiles en Líbano (donde se refugian miembros de Hezbollah  aliados de Irán), bajo el argumento de que dicho país no formaba parte del acuerdo.

La permanencia del bloqueo del estrecho de Ormuz, junto a la destrucción de infraestructuras críticas, está provocando escasez de combustible y aumento de su valor en diversos países (sin ir más lejos, la aerolínea Lufthansa acaba de cancelar unos 20 mil vuelos para el verano). Por otra parte, el impacto no se limita a la energía: por el estrecho también circulan insumos clave como úrea para fertilizantes destinados a la agricultura, helio para chips de alta tecnología y aluminio para diversas industrias.

En definitiva, el conflicto entre Estados Unidos-Israel e Irán representa una amenaza global que trasciende el ámbito militar, al afectar sectores estratégicos como la energía, la alimentación y la tecnología, así como las dinámicas migratorias y generando la posible emergencia de crisis humanitarias. Constituye, por lo tanto, un ejemplo claro de cómo las Relaciones Internacionales inciden directamente en la vida cotidiana, incluso en contextos geográficamente distantes como el nuestro.

Asimismo, evidencia que el sistema de normas e instituciones internacionales construido desde la Segunda Guerra Mundial para propiciar la paz, está siendo destruido por el país que contribuyó a establecerlo: Estados Unidos. En un contexto caracterizado por el predominio de la brutalidad, los países más débiles y vulnerables, deberían sostener como principios de su política exterior el respeto al derecho internacional y a las instituciones multilaterales, y una explícita  condena a los crímenes de guerra, no solo como una aspiración normativa y ética, sino sobre todo como una estrategia de defensa.

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